Wednesday, April 15, 2026

MICHAEL GIL

Desde que chocó por primera vez con una guitarra eléctrica y un birimbao afrobrasilero en La Habana, la pasión por descubrir y estudiar instrumentos musicales se ha convertido en una obsesión para Michael Gil, quien toca la pandereta, la calimba, el arpa de boca y el sonajero de tobillo, a la misma vez, mientras graba cada sonido en su loop station pedal. Y, aunque siempre fiel a su primer amor, la guitarra, Michael Gil ha hecho suyos otros instrumentos musicales como el didgeridoo australiano, el pandeiro, el cajón, el hang o handpan, la mbira de Zimbabue, las kashakas, el talking drum, la quijada de burro o charrasca, el charango peruano y la cuica de Brasil. 

Según Michael Gil, él no es más que un guerrero al servicio de la música, un soundmurai para quien la única manera de saber a dónde lleva el camino del arte es caminándolo.  


¿Dónde naciste? 

Me cortaron el cordón umbilical que me adhería a María Josefa Arango Esquivel en 1980. Ahí tuve mi primera inhalación, en Hijas de Galicia, como correspondía y estaba establecido en Luyanó. 


¿Tu familia?

Lo siento por el cliché, pero yo nací en el seno de una familia humilde. Es decir, mis padres no eran “pinchos”, ni chivatones, ni marinos mercantes, ni descendientes de nada relevante en lo político cultural o económico en La Habana de los 80. Eso sí, mi mamá tenía unas tías abuelas en el yuma que estaban escapadas y fueron las que nos salvaron desde siempre, hasta el último de sus alientos. 


¿Tu infancia?

Cada mañana, caminaba desde el frente del solar Otero hasta el círculo infantil que estaba en la Loma del Burro. En aquellos tiempos los árboles parecían enormes y había mucha vegetación. Era un lugar mágico, o simplemente era la niñez. Tengo recuerdos de que sufrí por la separación de mis padres; pero no de mis padres juntos. Se separaron cuando yo tenía como tres años y medio. 


¿Tus padres?

Mi papá ha estado muy vinculado desde siempre al Palo Monte, a lo Abakuá (en la Potencia Irianabón), a la Santería y al Espiritismo. Su primer contacto con este mundo lo tuvo muy joven, cuando fue a alfabetizar a Pilón (Oriente), a casa de Rogelio, un haitiano que era el negro brujo del poblado y que, en agradecimiento por enseñar a leer a sus hijas, le dio la protección de su nganga haciéndole la ceremonia de la nkimba o rayamiento inicial, donde al iniciado le llaman nguello. De ahí en adelante eso fue y sigue siendo parte de su vida. 





Mi madre, nada que ver con lo anterior, a pesar de que mi bisabuela por parte de madre era muy religiosa. Recuerdo cuando me llamaba para despojarme con albahaca y yo no entendía qué era aquello; pero me gustaba cuando llegaba la parte de saltar arriba de las yerbas como para pulverizar y destruir los males, el olor de la planta tenía su mecánica mística. 

Mi bisabuela era de la época en que los collares se llevaban en una bolsita con un alfiler por dentro de la ropa y el iddé en la mano izquierda dentro de un pulso metálico para que no se viera. Se escuchaban cuentos de gente que botaron del Partido por tener santos y de otros que botaron santos porque eran del Partido. Mi bisabuela era fan de Radio Martí, lo oía todo el día, bajito. 

Volviendo a mi madre, ella estaba para el rock and roll y la pepillancia de la época, oyendo emisoras de radio a escondidas con los de su edad y tratando de tener una vida normal. Ahí conoció a mi padre y nací yo.


El barrio… 

En mi barrio el hobby fundamental era criar palomas y estar todo el fricking día saltando de una azotea a otra y de paso rascabuchando o llevándose lo que estuviera mal ubicado en un patio ajeno. No había mayor entretenimiento que ver una bronca en la calle y tomar alcohol. Existía una guerra territorial por el espacio aéreo y hubo broncas que duraron días. Todos éramos muy fan de los efectos especiales y las broncas que más rating tenían eran las que más botellas y tubos de luz fría rompían. El top era el tubo de pantalla de un televisor Caribe; se decía que la cortada de ese cristal no cicatrizaba nunca. Estamos hablando de agarrar dos sacos de botellas de un cuarto de materia prima para bombardear la puerta de una casa. Mientras que los recluidos en la casa —cual castillo medieval atacado por vikingos— ripostaban desde la azotea con todo lo que encontraban; desde pedazos de antenas, de esa que había que mover hasta que gritaran “¡Ahí, ahí!”, hasta materiales de construcción y fragmentos de derrumbes. Al menor indicio sonoro de bronca, todo el barrio salía, desde ancianos hasta lactantes. Había quien era fan a desapartar y aguantar gente, y había quienes constituían una ávida audiencia. 

También se dieron casos de mujeres dándole estrellones de olimpiada a sus maridos en plena calle y después de patearlos en el piso decirles: “Pero después de todo tú eres el que me la da donde a mí me gusta”.

Se jugaba al taco con la tapa plástica de las botellas de ron y el bate era un palo de escoba. Aquello era entrenamiento de sable de luz para jedis avanzados. Todo anciano, deshabilitado o recién nacido en brazos que pasara por la calle, tenía que saber que atravesaba por un campo de entrenamiento y su vida estaba en peligro. Las hordas de menores en chivichanas para estar a salvo del tráfico tomaban las aceras y más de un viejo con bastón tuvo que saltar al vacío ante las estampidas de chivichanas loma abajo y sin freno. 


¿Una memoria entrañable?

La memoria más entrañable de mi barrio fue cuando un Día de las Madres un camionero ebrio decidió resolver una serie de asuntos y situaciones con su mujer. Intentó meter el camión de marcha atrás contra la casa para derrumbarla, mientras los padres ancianos de su mujer, hastiados de las borracheras, las broncas y los espectáculos, yacían sentados en el portal de la casa; inmóviles como dos monjes zen más allá de la vida y la muerte, al tiempo que un Kamaz ruso amenazaba con derrumbar un pedazo de la cuadra. 

El gran Abilio Valdés, hijo ilustre de Abilio Valdés y Sara, hermano de Ele, cuñado de Carlos y tío de Equis, la gente de Síntesis, gritó: “¡Aquí hay una pila de hombres pingaaaaa, al ataqueee!”. Y de las aproximadamente 350 personas viendo aquel espectáculo, un grupo de intrépidos, entre los que me encontraba yo, tratamos de abordar el camión en una onda película del sábado. Un blanquito malo malo, cuyo nombre no mencionaré, y que se había despertado a las tres de la tarde por el alboroto, salió de su casa a ver que acontecía y vertiginosamente comprendió que la forma más directa de acabar con eso era con unos ladrillazos al parabrisas del camión, en la parte del chofer. Y así fue. Increíble como alguien acabado de levantarse puede estar tan claro. El conductor se dio a la fuga en el Kamaz ruso a velocidades de Fórmula 1 por Luyanó, hasta que regresó con una escolta de patrullas, que le cayeron a tonfazos y lo esposaron.


¿Estuviste becado?

La Lenin fue una ruptura total del paradigma anteriormente conocido. Imagínate que fue salir de un lugar donde las aspiraciones de la juventud eran ser abakuá, babalawo, trabajar en un Ditú o en la fábrica de cigarros, a encontrarte con el hijo de dos agentes de la Seguridad del Estado que había nacido y vivido en Francia, hablaba perfecto francés, inglés, vivía en el Vedado y tenía todos los videos de Nirvana, Guns and Roses, Bon Jovi, y todo el pop rock más famoso de la época. El mismo que me enseñó que los paquetitos de galletas y cositas no se abren con la boca, sino que tienen un modo de abrirse con los dedos, y que tenía un Lada que era una nave espacial. 

Con los hijos de embajadores de otros países en Cuba; con los hijos de Ramiro Valdés; Lage; el nieto de Fidel, hijo del que se suicidó o lo suicidaron; Hasán Pérez; con los hijos de los que salían en el televisor; y por supuesto, gente con una guapería y una rutina de museo que sacaban 101 en las pruebas. 


¿Qué descubriste en esos años de la Lenin? 

Además de una Cuba desconocida para mí, por primera vez estuve expuesto a una manipulación político-ideológica más severa y constante, fundamentalmente debido a que por tres años la Lenin fue mi casa y mi realidad. Mi madre nunca se preocupó porque yo fuera de la Juventud o católico o abakuá; pero sí se preocupó porque yo no fuera chivatón, descarado, abusador, mentiroso, miedoso. Durante los dos primeros años en la Lenin, me aventuré a tratar de congeniar una ideología que se apropiaba de los estándares más excelsos de la humanidad con mis propios valores humanos. Y a fantasear con esa quimera de que ser justo, ser revolucionario y criticar la Revolución era posible al mismo tiempo. Posteriormente, la vida me demostró, y a cada segundo demuestra con creces, que la Revolución cubana fue una de las mentiras mejor vendidas del siglo XX.  


¿Cuándo empieza a ser importante la música? 

La música no fue importante para mí hasta los 15 o 16 años, a pesar de que un preludio de Bach en noveno grado fue tocado enfrente de mí con una guitarra y me dio una cosa. Fui diagnosticado patón crónico desde la niñez y a pesar de los entrenamientos intensivos de casino en la Lenin, el día que tuve que tirarla en estéreo en la recreación, pude mantenerme a salvo marcando hasta que la chica con la que bailaba me dijo: “¡Eh! ¿Y tú no das vueltas?”. Tiré un movimiento que terminó en una llave de brazo para esposar a alguien y con la convicción absoluta de que eso de “70 y complícate” nada que ver conmigo. El rock me sedujo y fue un cambio drástico en mi vida. Entiendo por qué era considerado un arma de descarrilamiento masivo por el comunismo. 


¿Estudias música?

Yo fui un buen estudiante siempre y quería estudiar Medicina, estaba en un grupo de alto rendimiento de Biología en la Lenin, pero la guitarra eléctrica me complicó la vida. Terminé no haciendo las pruebas para Medicina y haciendo la prueba de aptitud para el Pedagógico de Música, que era lo que a esa altura, relativo a la música, podía hacer. Después de un año de secuestro militar entré y duré unos meses hasta que me mandaron a parar en firme en un matutino. Se sintió bien decir delante de todo el Pedagógico que yo había acabado de salir del servicio militar y no me iba a parar en firme nunca más. Y me fui.


¿Y de ahí?

Dando vueltas pude entrar en la Félix Varela, que era la escuela para músicos que tocaban, pero no habían estudiado y necesitaban un papel para pertenecer a una empresa. Ahí tuve la dicha de ser recibido con tres toneladas de amor por Mayra Cruz, mi maestra de solfeo y teoría, que en gloria está; y desde antes por Barima Gort Rodríguez, mi maestra de guitarra clásica. A ellas les debo no solo el conocimiento, sino el amor que me entregaron. 


¿Cuándo y cómo sales de Cuba?

Salí de Cuba a México en 2008, a tocar unos meses, y mi esposa Nedine, embarazada ya, pudo unirse a mí. Después de andar gran parte de México y vivir en varios lugares y varias experiencias, decidimos cruzar a Estados Unidos. Dejamos todo en Cuba: yo a mi madre, padre y abuela; ella, a su madre y abuela. 


¿Has regresado?

Mi abuela me dijo que estaba esperando a conocer a mi hija y cargarla para poder morirse, que era lo único que le faltaba. No pude lograrlo debido a que el pasaporte cubano y todo lo relacionado con Cuba es cortarse las venas con un cuchillo plástico de una completa del Palacio de los Jugos. Volví una vez con mi hija y mi esposa, pero mi abuela ya no estaba. Ya nunca más he regresado.


Tu pasión por instrumentos musicales tan variados…

Desde Cuba me interesaron los instrumentos como el didgeridoo australiano, el birimbao afrobrasileño, las arpas de boca, las calimbas, el pandeiro, el cajón, el hang o handpan, etc. Allá en aquel momento había que conformarse con grabaciones y yumas trotamundos que pasaban por Cuba con algún aparato a cuestas para tener acceso al instrumento, sus posibilidades y técnica. Aquí en el yuma esto se ha vuelto una obsesión, nivel niño chiquito con el cajón de juguetes. El instrumento que abrió esa puerta desde Cuba fue el birimbao. Ahora estoy obsesionado con el batá. La vida me ha dado la oportunidad de compartir el camino, cocrear y aprender de figuras esenciales en el folclor afrocubano en la diáspora como Marisol Blanco y René Pedroso, que cargan en sus espaldas siglos de acervo cultural. 

  

Tienes una fortuna en instrumentos…

Categóricamente, te digo sí. Una fortuna debido a lo que estos instrumentos producen social, emocionalmente y también económicamente. Lo que me he gastado o endeudado tampoco me parece muy desacertado comparado con quien se tira de la guagua andando por unos muebles de El Dorado o por una bicicleta de esas atómicas que vuelan y no pesan nada. Y bueno, como dice la canción. “China, todo en la vida se paga”.


¿A qué música vuelves siempre?

Leo Brouwer, Egberto Gismonti, Naná Vasconcelos, Pat Metheny, Patato y Totico, kora africana, Oro seco y Oro cantado (tambores batá), el danzón, Mr. Acorde, música clásica hindú y honkyoku, (género de música japonesa para la flauta sakuhachi creado y practicado por una secta de monjes budistas) para hacerme el harakiri con una flauta.


Enseñar música a niños debe ser algo especial. 

Compartir instrumentos y música con niños es un juego muy serio. Si bien es necesario alguien que enseñe a poner el dedo en un instrumento, también es necesario alguien que inspire a tocarlo y pueda propiciar la transferencia de conocimientos y habilidades desde y a distintos campos del conocimiento. Quien toca y estudia un instrumento puede hacer muchas otras cosas. Y aunque suene cursi, es una experiencia más que mágica. 


Tu familia (tu esposa Nadine, tu hija María Isabel).

Nedine Del Valle (mi esposa, artista visual, chef, madre de mi hija y mostra en general) y yo, siempre hemos estado de acuerdo en que artistas fuimos, somos y seremos, y la única manera de saber a dónde lleva un camino es caminando. Y ahí seguimos, pues es un modo de vida. Artista es quien vive para el arte, viva del arte o no. Mi hija María Isabel no ha sido obligada a estudiar un instrumento, pero sí ha estado expuesta a todo lo vivido por nosotros. Le es más fácil pasar horas pintando que estudiando un instrumento y eso ha hecho. Está en un magnet school, en la especialidad de artes visuales.  


¿Y la otra familia, la musical?

Arsenio, Manuel, Yuri, El tigre, Eduardo el Riki, El Tapia, Humberto, Renezon y otros más, son la familia que uno escoge. La música requiere conexión y produce conexión a niveles muy profundos. Casi siempre, o siempre, algún tipo de arte, ya sea marcial, música, danza o pintura, ha mediado entre las personas que considero amigos o familia y yo. 


¿Lo bueno de vivir fuera de Cuba?

Vivir fuera de Cuba ha sido increíble. Es una suerte haber podido irme. Extraño personas y las personas que extraño están allá como la mayoría del pueblo cubano, esperando a ver cuándo se van.


¿Qué futuro ves para Cuba? 

No veo ningún futuro, no porque no exista, sino porque no tengo la capacidad de ver el futuro. No obstante, todo lo que los cubanos hemos vivido es nuestra responsabilidad y lo tenemos ultra merecido debido a que el nivel de chivatonería, de prestadera para actos de repudios, de mandadera a matar entre hermanos, padres e hijos, vecinos, de irse a matar y a morir a África, por una grabadora y para enriquecer a otros, a Sudamérica, al Caribe. Los cubanos nos hemos dejado coger para eso, permitimos que un tipo diga cómo hay que cocinar el arroz, cómo bañarse, qué sembrar, a quién golpear e irrespetar, en qué creer y en qué no creer, y se ha vuelto un modo de vida. El presente empieza con la imposibilidad absoluta de repetir el pasado y el futuro se tornará presente y pasado. Es un osogbo intergaláctico que tanto en el pasado, el presente y en el futuro de un ser humano se grite: “Pin pon fuera abajo la gusanera” y “Esta calle es de Fidel”.


¿Quieres regresar? 

Mi padre está en Cuba, mi madre está en Cuba y mi hermana está en Cuba. Me encantaría volver a una Cuba que no existe por lo que no tengo a dónde volver. Si regresara, sería por compromisos familiares, no porque quiera. De querer, quiero ir a Australia o a São Salvador da Bahía, Yakutia, Eslovaquia. Por el momento, soy uno más de los mandadores de ibuprofeno, tylenol, vitaminas y de la liga de los 100 dólares. Espero que mi familia pueda abandonar aquel atolón productor de baja frecuencia sin que se ahoguen, se los coma un tiburón, mueran en la selva del Darién o los secuestren y me llamen por FaceTime mientras le cortan un dedo para que yo mande dinero. Ya yo no soy cubano y, aún con ciudadanía, tampoco soy estadounidense; simplemente, pertenezco a la “Magia de Miami”. 


Sunday, April 12, 2026

VANITO BROWN

Vamos a empezar por el final. ¿Recuerdos y experiencias de aquellos primeros conciertos en Miami, antes de establecerte? 

A Miami la amé a primera vista, como mismo me sucedió con Buenos Aires y Madrid. Por su clima y su gente, que no es solo cubana, como se cree afuera y aún aquí adentro. 

La primera vez fue en el año 2003 y veníamos de repletar el Salón Rosado de la Tropical en La Habana. Después del recibimiento del público en las dos primeras presentaciones, en el Coconut Grove Play House, en el Miami Dade County Auditorium en 2007, y en el American Airlines Arena junto a Willy Chirino en 2009, ya me podían quitar lo bailado. 


¿La decisión de establecerte en Miami?

En Europa, desde 2008, la cosa se fue tornando hostil para la música y la cultura en general. Jamás hice mayor cantidad de presentaciones en solitario y, sin embargo, jamás me había alcanzado menos el dinero. 

En España vi cómo las discográficas y editoriales empezaban a contratar a muchachitos que estaban más interesados en presumir de foto de portada que en cobrar por su arte. De pronto había que pagarles a los locales para poder tocar. Ley de vida, pero muy distinto a lo que encontré en 1996. 

Trabajé durante tres años un disco en solitario y al cabo: “Buen disco, pero Vanito es extranjero, negro, calvo… Mejor llévate esto a América”, le dijo un A&R al productor, con quien tampoco pude llegar a un acuerdo después de eso. 

Fui a La Habana en 2011 a grabar un concierto en vivo con Habana Abierta y luego, en 2013, a producir mi disco en solitario Norte, Sur, Este y Aquel

En marzo de 2014 había un concierto previsto con Interactivo aquí en Miami. Pedí una visa de diez días y me concedieron una visa de trabajo por seis meses, y otra familiar por cinco años. 

Por ese tiempo, en ese ir y venir a La Habana, robaron en mi casa, al parecer usando “burundanga” porque mi mujer no se enteró de nada. Se llevaron casi todo, menos su boleto de viaje y su pasaporte. 

Nadie vio, nadie supo nada. De regreso a Madrid, hicimos escala de unas semanas en Miami, donde tenía una presentación, y mi mujer me propuso quedarnos a vivir aquí. 

Era la segunda vez que me perdía el lanzamiento de un disco mío en Cuba. La primera vez con Lucha Almada, cuando me fui por cuatro meses a Ecuador y no regresé hasta siete años después.


¿Cómo sabes que Miami es el lugar?

Mi hija menor, Aiyana, que me tiene bobo-loco-tonto-chocho, o algo así, nació en Miami. Esa fue la señal clara y hermosa de un nuevo comienzo. Me falta tener cerca al varón, que viene músico y actor, y quiero traerlo porque con su edad y su talento creo que es buen lugar para él.


Cuéntame de tu infancia. 

Nací en Palma Soriano, en 1967, el día de los enamorados. Soy el menor y el único de los cuatro hermanos que no nació en La Habana: Ulises, Isel, lleana y yo. 

La casita donde nací se cayó con un ciclón y entonces mi papá resolvió otra, en la calle Quintín Banderas. Tenía un patio pequeño, que me parecía enorme, y un tanque con algas y peces también enorme. Quedaba muy cerca de la estación de trenes, que pasaban todo el tiempo de un lado al otro, con ese ruido característico. 

Cuando cumplí 3 años, nos mudamos a La Habana. Los primeros meses vivimos en La Víbora, con mis tíos Juana y Rolando, y mis primos Rolando y Marisela. 

Mi papá tenía doce o trece hermanos, los Caballero, de Palma Soriano. Tengo un montón de primos. Después, la otra casa fue un apartamento en El Vedado, en la calle 13. Allí mis vecinos fueron Fernando Robles, padre de Tanya. Fernando Rodríguez, intérprete y autor de Ese hombre está loco; y Miguel O’Farrill, el flautista de la Orquesta Enrique Jorrín, que me regaló una quena que nunca aprendí a tocar. 

Crecí feliz, rodeado de instrumentos musicales de todo tipo, libros y cámaras fotográficas que mi papá coleccionaba y revendía. En 1990 o 1991, en pleno comienzo del Período Especial, mis padres se separaron y nos movimos a Luyanó, a una casa donde también pasaban trenes al fondo de la calle. Ahí viví con mi mamá, una de mis hermanas y su esposo de entonces, y mi sobrino Yensi. Mi papá regresó ya jubilado a Palma Soriano. 


¿Qué valores te transmitieron tus padres?

Mi papá, Juan Carlos Tito Caballero, músico. Mi mamá, Rita Brown, educadora. Él me acercó a la música, al cine, a la literatura y a las artes marciales, porque los abusadores se aprovechan de los que somos bajitos, así que me pasé toda la vida fajado, con cualquiera. 

Mi papá viajaba mucho por su trabajo, pasamos más tiempo con mi mamá. Ambos, y sobre todo ella, me inculcaron el valor de la amistad, la solidaridad, la gratitud, la lealtad, la justicia. 

Me dejaron hacer y deshacer a mi antojo, y también me enseñaron a enfrentar las consecuencias de cualquier cosa buena o mala que hiciera. Quizás tuve la suerte, por ser el menor, de que ya tenían la experiencia previa de mis hermanas, con quienes no fueron tan así.


¿Los estudios primarios?

Mi escuela primaria fue la Ormani Arenado, en 17 y 12. Allí fui buen alumno, me gustaba aprender y eso me hizo destacar. 

A los 7 años, por casualidades de la vida, me captó la directora musical del coro infantil del ICRT. Mis hermanas, que cantaban mejor que yo, y otros niños, ensayaban una canción para grabar y doblar en el programa Caritas

Ese día, mi mamá no tenía con quien dejarme y me llevó. Herminia, creo que se llamaba así, me escuchó entonar desde las butacas una frase muy compleja, entre sostenidos y bemoles como ningún otro niño allí. 

Eso fue un martes o un miércoles. El jueves ya estaba grabando la canción en los estudios de Radio Progreso. Y el lunes ya estaba actuando en Caritas. ¡Fue el primero de unos 25 programas durante dos o tres años, que me dieron popularidad y la oportunidad de ver de cerca a los actores de la televisión, los de las aventuras! 

Por allí andaba Salvador Blanco, el de Para Bailar, que por entonces era mimo. 


¿Y la secundaria y el preuniversitario?

Califiqué para matricular desde séptimo grado en la Escuela Vocacional Lenin, donde apunté más hacia las Humanidades que a las Ciencias. En el bloque de cultura teníamos todos los instrumentos de una orquesta sinfónica y también baterías, pianos, guitarras y bajos eléctricos. 

Comencé a participar y a representar a la escuela en las actividades culturales, y eso me dio méritos para salvarme de amonestaciones y de la expulsión. 

Al cabo de los seis años allí, arrastraba la condición de matrícula condicional por responderle con un “me cago en tu madre” al director de la Unidad. Esa matrícula condicional equivalía a “una más que hagas y te botamos de aquí”. 

Mi promedio había bajado de 99 a 90, no tenía idea de qué carrera estudiar. Apliqué y me aprobaron en tres o cuatro: Diseño Gráfico, en el ISDI; Radio de Aviación, en el ITM; y Actuación, Teatrología y Dramaturgia, en el Instituto Superior de Arte, que fue lo que escogí. 

Quise actuación, pero me presenté con una contraparte, mejor actor y más bonito que yo, Arturo Sotto. Teatrología y Dramaturgia me gustaba mucho menos que la actuación, tanta teoría me aburría. 





Yo quería acción y lo mejor que viví fueron dos meses intensos de taller de clown que impartieron dos de los actores de El Clu del Claun, en la Escuela Internacional de Teatro de Machurrucutu. 

En segundo año me expulsaron por no presentarme a exámenes finales. Después de dos años de maestro de inglés y de peón de albañil, volví a hacer pruebas de ingreso y recuperé la carrera, ya más seguro de lo que quería. 

Tengo estudios terminados, pero no el título de dramaturgo, porque en 1993 me fui a Buenos Aires sin defender la tesis. 


¿Estudiaste música? 

Las primeras partituras y acordes de guitarra me los enseñó mi papá. Después tuve unas pocas, pero suficientes, clases de guitarra con su amigo Elmer Ferreira. Al conocer a Elmer, guitarrista de Estado de Ánimo y del álbum 24 Horas, años más tarde, me asaltaron místicas y suspicacias de todo tipo.

Simultáneamente, durante los dos primeros años en la facultad de teatro estudié solfeo, armonía y piano en el conservatorio Ignacio Cervantes, que estaba justo en lo que es hoy la sede de la ACDAM (Agencia Cubana de Derechos de Autores Musicales), en la calle 4 entre 13 y 15. Recuerdo con mucha admiración a mis maestros Toledo y Arango. Fue otra de las “prioridades” que me hizo desatender la carrera de teatro.


¿La Peña de 13 y 8?

Mientras estudiaba en la Universidad, ya le había cogido el gustico a componer canciones y, de peña en peña, fundé la de El Puente con amigos de juerga aficionados a la música, la pintura y la poesía. 

Duró poco, y un tiempo después logré retomar el mismo espacio del Museo Municipal del Vedado, en la esquina de 13 y 8, y sumar a los muchachos de la Peña de la Finca de los Monos, la mayoría de los cuales integraríamos después Habana Abierta. 

Era un espacio al margen de las instituciones oficiales. Ya cuando la peña estaba en sus últimos días, aparecieron por allí Gema Corredera y Pável Urkiza. Y cuando nos la cerraron, seguimos descargando en parques y casas particulares, como la de Pável. 

Entre trago y trago, rumiamos algo así como lo que resultó ser Habana Abierta. El nombre se le debe a él. Ellos se fueron a España con la compañía Teatro Estudio y al cabo de dos años regresaron a La Habana con el dinero para grabar Habana Oculta


¿Habana Oculta?

Se trataba de sumar todas las voces jóvenes que pudiéramos de la movida habanera. Llevábamos uno o dos años presentándonos en los únicos circuitos que nos permitían, básicamente los de la Asociación Hermanos Saíz. Sin salario. A pulmón. Y con apagones en cualquier momento. 

Ya cada uno tenía su proyecto personal. Ale Gutiérrez y yo habíamos grabado el álbum Vendiéndolo todo, de Lucha Almada. Eso nos daba visibilidad y promoción, y lo oportuno era ceder nuestro espacio para que Kelvis Ochoa entrara. Aunque no estuvo en 13 y 8, llevaba dos años entre nosotros demostrando de sobra ser parte de aquello. 


¿Quiénes eran Lucha Almada?

Gerardo Díaz en la batería, Eduardo Kairus en la guitarra eléctrica, Ángel Pérez en el bajo, y Ale y yo voces y guitarras. 


Madrid, ¿de Habana Oculta a Habana Abierta?

Llegué en diciembre del 96, desde Ecuador. Allí había nacido mi hijo Diego unos meses atrás, y tuve la gran suerte de poder reunirme con él y su madre relativamente poco tiempo después. 

En Madrid, por aquellos tiempos, estaba en pleno apogeo la canción de autor. Después de la Nueva Trova, lo nuestro les pareció interesante al público y a la industria. 

Somos cantautores, nos unimos los que queremos y podemos cada vez que hay una oferta de grabación o de gira, mientras nos centramos en nuestros proyectos individuales. En ese sentido Habana Abierta no se ha desintegrado. 

Se han acabado o nos han cancelado contratos, como fue el caso de Boomerang, porque a la compañía y a la oficina de management no les gustó que alguno de nosotros hiciera cosas simultáneamente con Habana Blues, que estaba inspirada en Habana Abierta y contenía canciones de alguno de nosotros. Pero para ellos era un producto ajeno y la competencia de Habana Abierta. Cuestión de business.

Después de eso nos quedamos cuatro “cuidando la casa”, igual de dispersos entre Cuba, España y Estados Unidos, pero coordinados, grabando y girando independientemente. En cualquier momento damos otra sorpresa. 


¿Los discos Habana Abierta (1997), 24 Horas (1999), Boomerang (2005)?

Joyas. Creo que son dignos de ser coleccionados. Técnicamente, cada uno supera al otro, sin negar la fuerza rompedora y arrolladora de 24 Horas.


¿Tu experiencia cuando has regresado a Cuba?

Volví varias veces desde 2003. Allí tengo familia, amigos y cierto público, voy a recargar pilas en esos tres sentidos. La última vez, en 2019, vi una juventud pujante, la Cuba que viene y que va tirando hacia delante, luchando su futuro y sus espacios. Y la otra Cuba envejeciendo muy mal, insistiendo en poner palos en las ruedas y en tirar hacia atrás, acomplejada y chapucera, la que gobierna.


MICHAEL GIL

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